miércoles, 9 de noviembre de 2011

Deuda Externa.

El mal uso del poder para obtener más poder.

La palabra “progreso” puede usarse de manera positiva o negativa. La deuda externa argentina aumentó progresivamente a través de los años y de las distintas presidencias llevadas adelante desde la década del ’70. Pero, en todo progreso hay un quiebre, como sucedió en el país hace diez años, dónde tanto endeudamiento generó un caos a nivel económico y social provocando la tan conocida crisis del 2001.

A partir de ese momento, la tarea de los mandatarios era “sacar a flote” a la Argentina, no importaba cómo, lo único que se esperaba era poder utilizar el “progreso” como un factor positivo. Pero ¿Por qué un país tan rico y próspero, el cual no debería tener problemas monetarios,  tuvo que atravesar por esa etapa negra? ¿Qué fue lo que lo llevó a caer en un abismo sin retorno?

Evolución de la deuda externa Argentina.
Cómo en todos los países, siempre existió la deuda externa. Un poco más o un poco menos, pero estaba allí sin causar daños notables. En el momento en que los militares derrocan el gobierno de María Estela “Isabelita” Martínez de Perón es cuando el endeudamiento comienza a aumentar con mayor fuerza. ¿De qué forma se notó esto? Es simple: en 1975 cada argentino debía U$ 157, pero en 1983 debía U$ 1088.

Las causas principales fueron cuatro. En primero lugar, la bicicleta financiera dónde los dueños de las empresas las vendían abriendo cuentas en el exterior y de esta manera se convertían en millonarios. A causa del desarraigo de empresas nacionales, el país debió abrirse a los productos extranjeros. Por otra parte, la deuda privada. Las empresas pedían préstamos a privados en el exterior generando que más tarde se tuvieran que estatizar esas deudas. Asimismo, fue necesario que el Banco Central aplicara intereses, que variaban continuamente, para poder saldar las deudas.

El último motivo del endeudamiento fue la compra de armas para la guerra que no fue con Chile, la guerra de Malvinas y la represión de los militares con la población argentina. Esto fue el último mal acto de los militares ya que dejaron al gobierno de Alfonsín con una deuda que superaba los  U$ 30 millones, lo que provocó que tras varios intentos fallidos de restaurar la situación económica durante 5 años, el presidente renunciara a su cargo.

En 1989 empieza el último período negro del país antes que se produjera el quiebre económico del 2001. ¿Quién estaba a la cabeza de lo que más tarde sería una copia del hundimiento del Titanic? Nada más, ni nada menos que Carlos Saúl Menem. Odiado por muchos, amado por otros, el riojano junto a su cuerpo político llevaron a que cada ciudadano, en 2001, debiese U$ 3868. ¿Por qué sucedió esto? Por la ambición y el poder. Con la excusa de un sector público ineficiente, Menem, privatizó las empresas del estado aumentando la deuda a U$ 137. 789.

Pero el mayor error que se cometió al quitarle al estado las empresas fue vender las petroleras, ya que son recursos naturales no renovables que hubiesen hecho más rico al país simplemente por poseerlas. En cambio, hoy hay que comprar a otros países el propio combustible porque ya no le pertenece a la Argentina.

Cuando se produjo el declive económico de la Nación, Eduardo Duhalde asumió el mando de los restos que quedaban del país y trató de rearmarlos hasta que en 2003 asumió Néstor Kirchner  con una propuesta que podría levantar a la Argentina de su peor momento. ¿Cuál era? El canje de la deuda externa. Ésta consistió en la reprogramación de las obligaciones con los organismos financieros multilaterales obteniendo una mínima reducción de la deuda.

Hoy en día, la deuda sigue vigente. Poco a poco los gobernantes tratan de saldarla, pero cada vez resulta más complicado llevar a cabo sus propósitos debido a la crisis financiera que se está dando en todo el mundo. Las bolsas caen y la sociedad teme que vuelva a ocurrir un nuevo 20 de diciembre de 2001. Quizás haber pasado por una experiencia como esa, generó que la población sea más precavida o tome recaudos distintos a la hora de una nueva crisis económica. Lo único que resta es confiar en las dediciones de los mandatarios y no caer en la desesperación como hace diez años.

Por María Victoria Chila.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Guerra de Malvinas.

La guerra del poder.

Dolor, derrota y muerte fue lo que dejó el conflicto bélico por las islas Malvinas entre Argentina y Reino Unido ocurrido en 1982. Este hecho quedó marcado a fuego en la historia y el corazón del país, así como también en cada habitante argentino, tanto los que vivieron en carne propia la guerra como aquellos que saben lo que sucedió sólo porque lo leyeron en un libro o simplemente porque alguien se los contó.
Jóvenes soldados sin saber qué les deparaba la guerra.

“Las Malvinas son argentinas” es una frase que se escucha sin cesar. Quizás, se dice eso para apaciguar el dolor tan grande que dejó el conflicto. Quizás, sólo se repite como otra frase más. Pero, ¿Saben todos aquellos que corean una y otra vez esa oración tan conocida por qué se ocasionó el conflicto? O tal vez, sea más preciso preguntar ¿Saben por qué la guerra se produjo en 1982 y no antes?

No es algo nuevo que la respuesta sean los intereses económicos. Argentina, luego de haberse independizado de España, tuvo una relación cordial con Reino Unido. ¿Por qué fue así? Porque se complementaban económicamente. Nuestro país durante las guerras mundiales fue denominado como el “granero del mundo” ya que exportaba carnes, granos y cueros hacia los países europeos que estaban en plena crisis, como fue el caso de Inglaterra. A cambio del envío de esos productos, Argentina recibía manufacturas.

Esta reciprocidad de “favores” duró muy poco ya que luego de la segunda guerra mundial Estados Unidos se convirtió en la primer potencia ocasionando que  Inglaterra pierda poder económico y político. ¿Cómo puede ser que este hecho desencadenase, años más tarde, en la famosa guerra? Es simple: Reino Unido comienza a producir su propia materia prima en la década del ’60 y Argentina, gobernada por los militares, empieza a tener dificultades económicas y políticas.

El problema de los argentinos siempre fue y será creerse superiores a los demás. Eso fue lo que paso en 1982: pensar que un país que estaba atravesando una gran crisis pudiese vencer a una de las primeras potencias del mundo, que no sólo contaban con más experiencia militar por haber participado de las guerras mundiales sino que la tecnología que manejaban era superior a la de nuestro país.

649 muertos, 1188 heridos y el sabor amargo de la derrota fue el saldo que le dejó a la Argentina la guerra. ¿Y a cambio de qué? Del afán de obtener más poder, de demostrarle al mundo y a la población argentina quienes eran los que mandaban. Ese error, llevado a cabo por la arrogancia y la sed de querer siempre más, destruyó miles de familias y por sobre todas las cosas al país.

Muchos argumentaron que había que defender lo que era nuestro porque nos lo estaban quitando, pero lo que no pensaron fue que por tratar de recuperar las islas se perdieron muchas vidas y la confianza en los gobernantes ya que por querer aparentar algo que no era, mintieron a la población diciendo que “estaban ganando” cuando era todo lo contrario. Se jugó con la gente. Por esta razón, hay que entender por qué pasó lo que pasó y luchar por que no haya una nuevo 2 de abril de 1982.


Por María Victoria Chila.

70 vs 90

Orgullo, prejuicio y arrogancia.

Perejiles, inofensivos soñadores o pelotudos. Así se describe a los que vivieron en  los ’90. ¿Quiénes eran? Según José Pablo Feinmann, el resultado de la derrota de los que presenciaron los ‘70, es decir, la generación joven. No es algo nuevo escuchar a los que han vivido más, decir que los jóvenes están perdidos ya que no luchan por hacer valer sus derechos y que no sienten amor por la patria ni por su propia madre. Esto no sólo sucedió en los ’90 sino que se sigue dando en la actualidad.

Mafalda, siempre un paso adelante.
Al escritor le digo que quien escribe nació en la generación de los ’90, pero que ahora tiene la edad suficiente para poder discernir entre lo que está bien o mal y de luchar por aquello que le importa y valora. Por esta razón debo informarle que no todo lo que usted expone es correcto. No voy a negarle que todo lo que mi generación, como los que tenían mi edad en los ’90, tienen es gracias al legado que nos han dejado nuestros mayores. Pero no es cierto que lo jóvenes no tengamos idea de cual es nuestra historia.

No es novedad que en Argentina hay muchos ignorantes por el hecho de que no todos pueden acceder a la educación, pero también es cierto que una gran cantidad de la población no tiene idea de cuál es la historia del país porque no le interesa; y en esta afirmación hay que incluir no sólo a los jóvenes sino a muchos adultos que creen que saben todo cuando la realidad es que no tienen conocimientos sobre hechos importantes que incumben al país porque tampoco les importa.

Entonces, le tengo que preguntar algo que podría haber cambiado la situación que usted critica: si eran y son tan maravillosos como usted dice ¿Por qué no le trasmitieron a las generaciones venideras el significado que tiene la palabra lucha en la sociedad? ¿Será porque tenían miedo de que la historia los olvide ante nuevos “combatientes del poder” y así poder permanecer como los únicos que se enfrentaron a un gobierno regido por la prohibición?

La sociedad no olvida hechos que marcaron la historia para siempre por lo que, ustedes, generación del ’70, no deben temer a ser olvidados porque es algo que no sucederá. Su accionar va a quedar en la memoria de la gente porque son un ejemplo de lucha y valor. Por esta razón, le digo al autor que a veces hay que dejar la arrogancia de lado y no alardear ante los demás porque son característas que deviene a la persona a menos, y en este caso no debe pasar eso.

El pueblo argentino tiene que admirar a su generación porque realmente creen que lo que hicieron fue un orgullo, y no porque usted les diga lo valientes y perseverantes que fueron, más allá de que hayan perdido ante el Poder. De la misma forma que le doy este consejo, también le digo que trate de no desmerecer a los jóvenes que llegaron unos años después ya que cada uno lucha de la forma que más le gusta, es decir, de la manera que crea que puede realizar un aporte a esta sociedad.

Algunos prefieren no involucrarse en política, otros optan por implicarse sólo por seguir una línea de pensamiento y otros se compenetran tanto en el tema que no les interesa pelearse con quien sea para hacer valer su pensamiento. Cada uno es libre de elegir de qué forma luchar, y nadie debe juzgar esa elección. Por lo tanto señor Feinmann, deje que cada generación realice su propia lucha y usted recuerde con orgullo que fue parte de esa sociedad tan valiente que se enfrentó al gobierno para pelear por sus valores, sin olvidar que nadie es mejor que nadie no importa la década o el lugar.

Por María Victoria Chila.