La historia se repite.
1918 fue un año de grandes cambios para la educación en Argentina porque los estudiantes de la Universidad de Córdoba se alzaron contra el gobierno para pedir reformas en las universidades del país. Gracias a ellos, hoy en día los alumnos y docentes cuentan con algunos beneficios que no todos los países de América Latina pueden llamarse “dichosos de tener”.
La Iglesia era el mayor exponente de censura en la educación ya que ellos determinaban los programas que se debían seguir en las clases, logrando el ocultamiento de teorías científicas y consiguiendo la dominación del alumnado a través de duras disciplinas y culto extremo a las tradiciones arcaicas.
El desacuerdo de los jóvenes con estas rígidas medidas fue el principal disparador para adoptar un espíritu democrático y animarse a crear un Centro de Estudiantes desde donde se impulsaron huelgas, manifestaciones y petitorios de adhesión contra los modelos educativos de la época.
Ante una huelga general de estudiantes, la policía reprimió y las autoridades clausuraron la Universidad, acto que luego fue revocado por el Presidente Hipólito de Irigoyen designando como delegado al Dr. José Matienzo quien impulsó la reforma de los estatutos haciendo realidad los más destacados reclamos de los jóvenes reformistas.
Hoy en día, el país argentino puede gozar de la docencia libre, de cátedras paralelas para que los estudiantes puedan optar libremente entre distintos enfoques, de concursos públicos para que cualquier profesor pueda dictar clases, de periodicidad de las cátedras y de la extensión universitaria. Pero no todos los países democráticos pueden decir lo mismo, y Chile es un claro ejemplo de eso.
“Su hoy es nuestro ayer” resulta una frase exacta para explicar que es lo que está sucediendo en el país hermano, quien no cuenta con los requisitos fundamentales para que toda la población pueda acceder a la educación que por derecho propio le corresponde.
Casi cien años después, la historia se repite. Los estudiantes se alzan contra gobiernos que no aceptan el progreso y que pareciera que no quieren que los jóvenes abran la mente hacia nuevas visiones del mundo. Ahora, lo único que resta preguntar es si “los poderosos” realmente creen que así como las cosas fluyen el país está bien o si temen que “la juventud rebelde” se imponga ante ellos creando una fuerza más grande.
Por María Victoria Chila.
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